Hagamos que las cosas sucedan


Acá estoy, llevando a cabo una loca idea que surgió un día cualquiera al despertar (o una noche cualquiera mientras dormía, vaya uno a saber!), como resultado de un tiempo de reflexión, boludismo, tristezas, alegrías, sorpresas, ocio y trabajo.

Express-ARTE llegó para abrirme la cabeza, como una nueva experiencia, una oportunidad de comunicación, distracción, reflexión y alpedismos ;)

Porque tengo la cabeza llena de pajaritos...



domingo, 2 de enero de 2011

"Falsas verdades" 4ta entrega


Pensaba, sentía, oía y soñaba. No sabía de que iba su vida, pero ansiaba mucho más de lo que obtenía. Era feliz, eso no se lo discutía, feliz de corazón, feliz de mente, se sentía radiante casi todos los días, amaba la vida, pero se cuestionaba a veces si era porque se había acostumbrado a ser feliz con lo que tenía o realmente, era todo lo que tenía lo necesario para hacerla feliz.
Pensaba, y volvía sobre los mismos pensamientos una y otra vez…no te engañes, no hay mañana.
Era como si una voz se empeñara en recordarle el diagnóstico que le había dado su médico: una enfermedad extraña, ¿a la sangre era?, no lo recordaba bien, había entrado en shock al escuchar las palabras del médico y difícilmente podía repetir lo que le había dicho.
Ahora no importa, se dijo, estoy protegida. Miró a su alrededor, paseando la vista por los cientos y cientos de libros que la rodeaban. Estaba en su trabajo, ola biblioteca, y allí era donde Lucía se encontraba más a gusto, donde buscaba paz, consuelo o distracción; entre las palabras y la fantasía. De eso iba su vida, de fantasías. Había crecido soñando una realidad que no era la suya, viendo cosas que no existían, o peor aún, no viendo lo que sucedía a su alrededor.
Cuando sus padres se separaron, lo tomó bien, tranquila (como le diría a su psicólogo 10 años después), pero la verdad era que la noticia la había tomado totalmente por sorpresa. En casa no se respiraron aires de guerra, no había visto siquiera una discusión entre sus padres (trataba de hacer memoria… algún entredicho tal vez), quizá por ello no hubo una reacción, tal vez nunca se lo creyó del todo, o simplemente, hizo como hacía con todo lo que la lastimaba: lo enterró en lo más profundo de su memoria y se aseguró de echar la llave, para que el recuerdo no pudiera salir a molestarla nunca más.
Soñó mucho de niña, soñaba aún con sus treinta y pico encima, como dice la canción, pero ya era hora de darse cuenta que los sueños, sueños son si no hacemos algo por alcanzarlos…
¿Qué haría ahora? Luchar contra una enfermedad que ni siquiera entendía? ¿o cruzar los brazos y disfrutar de lo que quedara por vivir?
Su postura frente a la vida siempre había sido la de disfrutar, pero a su vez era una luchadora. Escuchó una vez, no recordaba dónde, que las personas que son diferentes, son también las más fuertes, y ella era diferente, era fuerte. Nació y creció con un problema físico, pero que en nada le impidió tener una vida “normal”. Su familia siempre la había apoyado, y quizá por eso, se había creído siempre que podría con lo que fuera. “Usted puede mi amor”, eran las palabras que su madre le repetía siempre que lo necesitaba, y por eso pudo, por eso salió adelante y peleó siempre, y por eso también, era que no se decidía a dejarse tumbar por “una enfermedad de la que no hay mucha información” como le habían dicho.

Los libros la rodeaban, la invitaban a relajarse, a distraerse, pero un ruido a sus espaldas le recordó que debía volver al trabajo. No era mucha la gente que visitaba la biblioteca por aquellas fechas, pero ya se había tomado demasiado tiempo para un almuerzo que ni siquiera probó.

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Al salir del trabajo, se dirigió a la rambla. Amaba el agua, y más que nada amaba aquellas tardes de primavera, sentir la tibieza del sol, la brisa golpeándole en las mejillas, admirar el color del agua, y ver las gaviotas danzando para ella.
Decidió bajar a la playa. Se sacó los zapatos y caminó hacia el agua. Sumergió los pies en esa agua fría y hermosa, y al instante se sintió viva y plena. No pudo evitar un escalofrío que le corrió por el cuerpo cuando la primer ola alcanzó sus pies, pero amaba que le recordaran la belleza de las cosas simples.
Se sentó en la arena, a la vez que alzaba la vista para ver, allí atrás, cerquita, casi al alcance de la mano, el edificio dónde vivía su ex pareja. El apartamento donde había pasado tantos momentos felices…¿Qué es lo que extrañas de Lucas? le había preguntado el psicólogo no hacía mucho, a lo que ella no pudo responder con certeza. Todo,  pensó, extraño todo, y una gaviota le devolvió el sentido del tiempo al lanzarle un graznido de bienvenida.
Abrió su bolso y extrajo una libreta, donde anotaba todo lo que pasaba por su cabeza (eso es lo que hacen los escritores, se supone…y también la gente desmemoriada como yo se dijo). El sol invitaba a una siesta y el agua cantaba junto con el viento una canción para arrullarla, pero Lucía no tenía tiempo. Muchas cosas para pensar y resolver antes del fin de semana.
Había leído algo interesante en la red, y quería comentarlo con Damián y Gloria. Con la segunda, porque era su amiga, y siempre le comentaba todo, y con el primero, porque era el especialista entendido en la materia, y también su amigo.
Comenzó a leer las anotaciones de la noche anterior, síntomas, causas y consecuencias de una enfermedad que hasta hace poco tiempo le era desconocida.
Sonó el teléfono. Vanessa, otra amiga. Claro que iría! Cortó la comunicación y esbozó una sonrisa. Fiesta a la noche con amigas y luego salida. “Preparen la cancha, que entra una gran jugadora” pensó, y en su mente apareció su prima, diciéndole que la iba a tener que atar a la pata de la cama un día de éstos…

Continuará…

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