Necesitaba escribir. Para desestresarme, para respirar, desahogarme y volver a encontrarme. Hace días que estaba buscando el momento oportuno para hacerlo, ansiaba sumergirme en el mundo de las palabras y la fantasía, olvidarme de todo a mi alrededor y volar… Estoy como fuera de contexto, en un tiempo y un espacio en el que no logro posicionarme.
¿Que me pasa? Pues nada…estoy de vacaciones.
Los días más hermosos del año llegaron a mí. No debo cumplir horarios en el trabajo, ni tomar ómnibus que llevan más gente de la necesaria, ni dar explicaciones por llegar tarde, ni acostarme a horas prudenciales.
En fin, estoy totalmente feliz de no tener que hacer nada, excepto…excepto tal vez levantarme a tomar mate e ir a la playa. ¿Pero que pasa entonces que no me siento como si estuviera de vacaciones? No estoy descansando, siento que no he podido hacer nada de todo lo que tenía planeado para mis días libres, me siento presionada, ahogada. Quería hacer ejercicio, salir a caminar por la rambla, respirar aire fresco, dormir mucho, ir a la playa, leer todo lo que no pude leer durante el año…un sinfín de actividades que me divierten y me agradan, pero que no han encontrado un lugar en mi diario de vacaciones.
Pasaré a explicarles la situación a fin de que puedan comprender mi “estrés vacacional” como le he dado a llamar.
Se acercaban las fiestas y ya se respiraba en el ambiente ese olorcito a vacaciones. Esos días en los que la alegría parece invadir todos los rincones y a todos alrededor. Estábamos felices, aunque la cola para pagar en el supermercado fuera el doble de lo normal, aunque la malla del verano pasado nos quedara chica, aunque hubiera que depilarse cada 10 días…no importa, estamos felices porque se acercan las fiestas, y con ellas el rencuentro con la familia y amigos a los cuales les perdemos el rastro durante el agitado año laboral. Llegan las fiestas y tenemos permiso para abusar de los festejos, de la comida y de la bebida. Bailar como si el mundo se terminara mañana, aunque lo único que se termina o quizá por eso, es el año.
Bien, festejamos, brindamos y nos despedimos de los compañeros del gimnasio, de los compañeros de clase, de los compañeros del trabajo y hasta de los vecinos. Cualquier grupo de afinidad es bueno para realizar una despedida, todos se merecen una buena despedida de año, todos somos amigos cuando llega diciembre…
Y así vamos, de despedida en despedida, durmiendo poco, comiendo mucho, amigo invisible por acá, compañero de escritorio por allá. “Que descanses en vacaciones” “Me voy a acordar de ustedes cuando este en la playa” etc., etc. Todos brindamos, bailamos y cantamos como grandes camaradas, aunque haga apenas unas semanas, nos sacábamos los ojos por cosas sin importancia (el cansancio nos hace reaccionar de manera graciosa, no creen?).
Viajamos para encontrarnos con nuestra familia, o nos juntamos todos en algún punto neutro para festejar, luego de haber sobrevivido al estrés que representa la compra de obsequios navideños: ¿mamá quería una malla de baño, no? ¿o era mi hermana mayor? ¿qué le regalo al tío? ¿otra botella de whisky? ya debe tener una reserva en la despensa, pensemos en otra cosa. Hay descuentos en el Shopping…lo que no hay es lugar ni para respirar. La gente espera siempre a último momento para salir a hacer las compras, y yo soy parte de esas personas.
Pero volvamos a la reunión familiar…todos juntos en casa de los abuelos, hermanos, cuñados, novios, hijos y primos (más las mascotas que cada uno trajo, porque no se podían quedar solos en casa, claro está). Lo hermoso de ver la mesa repleta de gente se transforma en horror a la hora de tener que lavar los platos sucios. ¡Suerte que hay bastante gente para repartir la tarea!
Así va llegando Navidad y los consabidos festejos, saludos y rencuentros. Nos embarga una sensación de libertad y bienestar que compite con el empacho y la acidez de estómago que venimos ignorando desde hace algunos días ya (desde la segunda despedida más o menos!)
Llega también el nuevo año, y lo recibimos colmados de esperanzas y nuevos planes, que muy difícilmente lleguen más allá de marzo…al menos yo, paso todo el verano planificando lo qué haré éste año, que de seguro va a ser maravilloso, para olvidarme luego de la mayoría de los objetivos que me había planteado a la hora de levantar la copa y brindar…es que la vida no se puede planificar, eso lo he aprendido de a poco y siempre hay algo que me lo reafirma, nada es seguro.
Volviendo al tema, hace ya cerca de 15 días que estoy de vacaciones, sin nada para hacer y muchos planes para cumplir, pero me siento un poco nerviosa. Como si los días de vacaciones se pasaran realmente rápido y no fuera capaz de materializar lo que tenía en mente.
Cambiar de ambiente me deja los primeros días desencajada. Volver a encontrar un lugar en la casa familiar, en las rutinas que tienen los demás cuesta lo suyo. Uno necesita las rutinas para sentirse seguro, sabe lo que vendrá después, cosa que no sucede cuando estamos de vacaciones…cualquier cosa puede pasar. Nos levantamos a la hora que nos despertemos, vamos a la playa, almorzamos lo que encontremos en el refrigerador…en fin, simplemente hermoso!
Me siento mal porque no estoy en mi casa, con mis cosas, entre mis cuatro paredes. Incluso la “abstinencia vacacional” (nada de sexo oportuno, eso no es lo mío) me está afectando…por eso tomé la computadora y buscando un tiempo para mi misma, un tiempo de reflexión y rencuentro, de rutina conocida, busqué un lugar alejado y comencé a escribir…
Ahora me siento mucho mejor, ya volví a sentir tranquilidad. Me llevó unos días pero me dí cuenta que las vacaciones son todas para mi, me las he ganado, y puedo hacer con ellas lo que desee.
Si quiero ir a la playa, iré; lo mismo si me quiero quedar acostada leyendo o viendo una película, o simplemente, no haciendo nada. Nadie notará mi ausencia en las blancas arenas, y nadie puede descontarme el día por no salir de casa…
Entonces, ¿que me pasa? Pues nada…¡¡estoy de vacaciones!!
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