Me desperté temprano, feliz, y con ganas de preparar un muy rico desayuno.
Los pájaros cantaban en las ramas del sauce que había en el frente de la casa. La casa si, lo repetí como para creerlo, ahora vives en una casa me dije. Mi vida había dado un giro de 180°. Todo lo que alguna vez había soñado, era mío ahora. Una realidad, no más un sueño.
Desde pequeña había experimentado un gran placer por la lectura y la escritura, pero no había sido hasta hacía poco, que me había hallado de lleno inmersa en ésta actividad. Adoraba escribir. Esta actividad me llevaba lejos y me daba todo lo que no había obtenido en mis anteriores trabajos: satisfacción. Si bien era cierto que siempre había sido difícil de complacer (acaso por tenerlo todo siempre), con el tiempo me había dado cuenta que no era insatisfacción lo que sentía, sino que todo era parte de la búsqueda. La búsqueda de ese que se yo, que me llenara el alma y el espíritu. La búsqueda que había finalizado la mañana aquella en que había prendido la computadora y había comenzado a escribir.
Lo había encontrado. Había encontrado lo que me gustaba. Me gustaba escribir, y me dedicaría a ser escritora (o moriría en el intento). Una cosa fue llevando a la otra, y el destino (o más bien la suerte, que nunca me había ayudado) se apiadó de mi, he hizo que un editor “le echara el ojo” a uno de mis cuentos y me propusiera publicarlo. Así comenzó la vida que había soñado, pero que ahora era real.
Con todo el placer del mundo me despedí de mi antiguo empleo (los voy a extrañar me dije, a los niños, no al sistema), de mi casa y me dedique a disfrutar de mi tiempo. Me llevó algunos días, como tres creo, elegir el lugar dónde me mudaría. Otros dos días más despedirme de mis amigos, juntar mis cosas e instalarme en mi “nuevo hogar”. Hacía tiempo que conocía aquel paraje, no se muy bien que define a un paraje, pero de seguro, ésta era la denominación que mejor le quedaba a aquel lugar. No era un pueblo, tampoco un balneario, ni siquiera una villa. Había sido en su momento residencia de los obreros que habían trabajado en un antiguo frigorífico inglés, para quedar luego abandonado y desierto, pasando a ser “el balneario” de los habitantes de un pueblito cercano (no más de 100 personas). Este sería mi lugar de residencia. Tenía todo lo que me gustaba: agua (un río todo para mi y un arroyo todo para los pescadores), árboles y soledad. Pues si, allí no vivía nadie, salvo 2 o 3 familias que trabajaban en el pueblito y algunas personas que llegaban los fines de semana a pescar o pasear en familia. Tampoco había mucho para hacer allí, sólo un club de pescadores, un quiosquito (que abría sólo durante el verano) y muchos pájaros para escuchar. Las 7 o 10 casitas que conformaban la “urbanización” aquella, estaban vacías, y sólo se ocupaban cuando hacía calor, en verano, ya que era la única costa cercana para varios vecinos. Pero por ahora, yo estaba sola. Me había mudado a una casa pequeña (no había casas grandes allí) pero confortable. Tenía una gran estufa a leña y ventanales que hacían de mi casa un patio soleado, con techo claro está. Podía ver el agua desde todas las habitaciones de la cas, incluso desde el baño, ya que estaba rodeada por un lado del río y al otro por el arroyo. Es cierto, estaba bastante sola, pero nunca me había molestado aquello, es más, muchas veces lo prefería al barullo de la ciudad.
Había nacido y crecido en una ciudad del interior, la más linda a mi punto de vista, y añoraba todos y cada uno de los momentos pasados en ese lugar; pero volver allí no me haría más felíz. Las cosas habían cambiado, la vida había cambiado, la gente había cambiado. Mis amigos ya no tenían tiempo para mi, estaban todos muy ocupados con sus respectivas hermosas familias, y el papel que me tocaba en todo eso, era el de tía postiza, que llega una vez cada tanto, poniéndose al día de las novedades y disfrutando los hijos de mis amigos, aquellos “pseudo sobrinos” como si fueran hijos propios. No los culpaba, ellos habían elegido la vida que tenían, y yo había recorrido diferentes caminos hasta llegar aquí. Sola, con mis perros, mis libros, y mis amigos, que eran muchos aunque nos viéramos poco. Podía ir siempre que quisiera a mi ciudad natal, pero me sentía ajena a aquel ritmo de vida. Me había ido muy joven a estudiar a la capital, y había hecho mi vida, o perdido el tiempo, en aquel lugar. Era feliz, o al menos me sentía satisfecha con lo vivido, pero cuando descubrí que escribir me hacía felíz, y se me abrieron las puertas para poder trabajar y vivir de lo que me gustaba, toqué el cielo con las manos.
Así que esta era la historia, así había llegado hasta acá; a este lugar tan hermoso y olvidado a la vuelta del mundo. Lo había conocido por una amiga, que vivía en uno de esos pueblitos antes mencionados, y que lo llamaba “el balneario” aún a sabiendas de la gracia que me hacía oírla darle tan gran nombre a un lugar tan pequeño.
Decidí dejar de pensar y levantarme de una vez. No es que tuviera horarios, ahora que me dedicaba a la escritura, sino que el estómago me recordaba la promesa de un rico desayuno que le había dicho, con leche caliente y pan con manteca. Si, iría rapidito hasta la “panadería” (la casa de una de las dos familias que vivían permanente allí, donde había una especie de almacén) donde se podía encontrar pan, siempre y cuando uno fuera temprano en la mañana. ¿Que pasaba con el pan después? Nunca lo supe. No sabía si lo devolvían al pueblo, si lo vendían en el club de pescadores, o si lo hacían pan rallado, pero lo cierto era que si uno iba cerca del mediodía (como era muy común en mi) le decían que ya no quedaba pan. ¿Y quién se lo comió, si acá no viven más que 10 personas? Nunca lo entendí, y más de una vez me enojé mucho, y prometí no comprar más pan en “lo de doña Rosita”, como se le conocía a aquella casa (supongo que Rosita era la madre de la chica que atendía, cuando se les ocurría abrir, claro está).
Pero eso no sucedería hoy, hoy no, me dije, retándome a acelerar el proceso de dejar las mantas que tan atrapada me tenían. Hoy te levantas, te cepillas los dientes y vas con tu mejor sonrisa a saludar a la hija de Rosita y preguntarle si tiene pan y leche para la venta. Leche fresca, recién ordeñada, nada de las bolsitas con líquido blanco que nos venden en la ciudad y nos hacen creer que es leche, cuando son 60% agua. Esta era leche de verdad, y a mi me encantaba la leche. Mi próximo plan, si es que esto de la escritura resultaba redituable, era conseguir una vaca, y ordeñarla yo misma. La tendría en mi casa, o por ahí, ya vería, no iba a ser tan difícil. Había ordeñado cientos de veces cuando niña, y debía ser como andar en bicicleta, sólo cuestión de práctica. Hasta tenía el nombre y todo: Margarita. Bastante clásico me diría mi hermana, pero ya vendría ella a tomar un rico “chocolate de la casa”.
Entre tantos planes e ideas, me iba vistiendo, tarareando una canción que me hacía recordar a mi padre y a mi niñez…”mire doña Soledad, póngase un poco a pensar” cantaba Zitarroza dentro de mi cabeza, y los pájaros le hacían el coro afuera, en el árbol, bajo los tibios rayos de sol.
Dejaría los cuidados de la piel del rostro para la vuelta, primero lo primero me dije. Debía asegurarme el pan, para comenzar bien el día, ya podría luego dedicar tiempo a la rutina diaria de cuidados y tratamientos. Total, no creo que la hija de Rosita se de cuenta de si “la loca esa que vive sola” se hizo la limpieza facial diaria o dejó de ponerse el tónico de hierbas. ¡La hija de Rosita, estaba tan ensimismada en su celular, que no se hubiera dado cuenta siquiera si hubiera ido en pijama y de pantuflas a buscar la leche y el pan! Pero esto no pasaba solamente allí, en los confines del mundo, en un lugar olvidado por el tiempo y el hombre; esto pasaba en todo el mundo. Los jóvenes, y los no tan jóvenes, se habían vuelto dependientes de un aparatito hasta hace poco desconocido. ¡Cómo va a poder uno caminar por ahí y hablar por teléfono al mismo tiempo! recuerdo que pensaba cuando recién oí hablar de los teléfonos celulares. En la casa si, porque uno está bastante más sólo, a pesar de haber ruidos alrededor; ¿pero en la calle? ¿caminar y hablar a la vez? sería como chiflar y comer gofio, diría mi padre. Pero allí estábamos, toda una nueva generación de autómatas dependientes del teléfono, un teléfono que cada vez cumplía más funciones, menos la que le era propia. Ahora los teléfonos celulares contaban con linterna, radio, juegos, Internet y demás cosas maravillosas…servirían aún para comunicarse con la gente a distancia? me pregunté, o tendría que comprarme otro artefacto aparte para poder hablar? ¿Ya vendrían con sacacorchos? ese si que me sería útil!! En fin, La hija de Rosita (debo averiguar su nombre pensé), como tantos adolescentes más, pasaban el día entero conectados a ese apéndice artificial con funciones variadas. No se que hacen todo el día, si dejan toda la energía allí o viceversa, si el teléfono celular les da energía para vivir (como una especie de cargador, que les transmite algún tipo de energía), pero lo que es seguro es que los días y las noches les pasan de largo mientras ellos están de cabeza en esa pantallita. Porque si algo hay de cierto es que los teléfonos vienen cada vez más pequeños (río cada vez que recuerdo el primer celular que tuvimos con mi hermana, regalo de nuestro tío, tan maleable y práctico como un ladrillo), y la inclinación de la cabeza de uno hacía la pantalla es directamente proporcional al tamaño de ésta. ¿Llegará el día en que vayamos por ahí como un hombre prehistórico, arrastrando las piernas, con la espalda encorvada, y en vez de garrote un celular en la mano?
La tecnología ha abierto un gran puente entre gente de diferentes partes del mundo, nos brinda oportunidades maravillosas (como a mi, la posibilidad de trabajar desde un paraíso perdido) pero a la vez nos aísla en un mundo privado, donde no necesitamos levantar nuestros glúteos de donde los tengamos para poder hablar con personas que están a millones de kilómetros de distancia. Ya no necesitamos ir a buscar a Carlitos para salir a jugar a la placita, con sólo conectarnos a Internet, vía computadora o bien utilizando el teléfono (¿ven por qué digo que cada vez cumple con más funciones, menos aquella para la que fue pensado?) podemos tener una charla virtual, y no sólo con Carlitos, sino con varios amigos a la vez, saltando de un tema al otro sin tener que preocuparnos por hablar todos a la vez o por escuchar al otro cuando habla. Ya no salimos a tomar sol, a andar en bicicleta, o a tomar mate por ahí. Cada vez más gente se hace “adicta” a la computadora, adicta a la tecnología que les permite estar en todas partes y en ninguna a la vez. Les permite decir y sentir cosas que no se atreverían de otra forma. Funciona como una coraza contra la realidad, aquí atrás, al otro lado de la pantalla, podemos ser como queramos, hacer y decir lo que queramos, con la ventaja de ser inmunes. Si algo no nos gusta o nos molesta, basta con apagar el interruptor o desconectarse de Internet…fácil no? Supongo que eso es lo que lo hace tan atractivo y para muchos adictivo. La nueva droga del siglo XXI no viene en polvo, no se cultiva en el jardín ni se entra al país de contrabando. Es totalmente legal y se vende en todas las casas de electrodomésticos, o a precios muy baratos la hora, en lugares donde la gente va a “drogarse” con tecnología, lugares mal llamados Cyber cafés. ¿Dónde está el café? El diálogo, aunque a distancia, lo acepto como válido, pero ¿y el café? ¿a qué se debe ese nombre tan poco apropiado? Es como si a un lavadero de autos lo llamaran “burbujas y cereales” o a una tienda de videos “películas vegetales”. ¿Dónde está la relación?
Todo esto pasa hoy día, y uno tiene que aceptarlo o al menos hacer lo mejor por comprenderlo. Es necesario para no quedar fuera de un mundo que gira y gira sin cesar, deshaciéndose de todos los que no están a su altura en cada giro. Relegándolos al olvido, porque, aunque nos suene cruel, el mundo ya no es para aquellos que no entienden. La mayoría de las cosas se pueden hacer on-line (por Internet), la comida ya ni precisa aquello de batir y esperar tantos minutos. Todo viene hecho, nada es imprescindible ni demora más de 10 minutos. ¡Si hasta el boleto del ómnibus se marca con una tarjeta en una máquina! ¿Cómo le voy a explicar a mi abuela, que no puede pagarle al guarda con un billete de $100 porque lo más probable es que el susodicho Sr. guarda, descargue en ella toda la rabia contenida de un trabajo que no lo hace feliz y una familia que sólo tiene reproches que darle? Es magnífico poner una moneda y recoger el diario, o tomar una ducha en cualquier parte de la ciudad por sólo 3 monedas de $2, pero si alguien no entiende cómo funciona, puede quedarse sin leer las noticias del día, o en el peor de los casos, se le puede abrir la puerta de uno de esos “magníficos baños portátiles” en medio de la ducha, y quedarse con el cuerpo todo enjabonado y desnudo en medio del parque, en pleno día de semana, sólo porque no entendió que tenía 10 minutos para bañarse (¿y por $6 qué más podría uno esperar?).
En otras palabras, o nos ponemos “en onda” o salimos por la tangente.
(Continuará...no crean que se acaba acá, ésto recién comienza. Aún no desayuné!)