Hagamos que las cosas sucedan


Acá estoy, llevando a cabo una loca idea que surgió un día cualquiera al despertar (o una noche cualquiera mientras dormía, vaya uno a saber!), como resultado de un tiempo de reflexión, boludismo, tristezas, alegrías, sorpresas, ocio y trabajo.

Express-ARTE llegó para abrirme la cabeza, como una nueva experiencia, una oportunidad de comunicación, distracción, reflexión y alpedismos ;)

Porque tengo la cabeza llena de pajaritos...



miércoles, 27 de octubre de 2010

Dolor

Sentía que el cuello se le partía al querer mover la cabeza. Los músculos se le estaban abriendo, desgarrando con cada movimiento que daba. El dolor se estaba haciendo insoportable, pero debía continuar…
Cada movimiento le hacía pensar en el descanso, tan merecido que lo tenía, pero que no llegaba. Se había esforzado mucho por sobrevivir un día más…no podrán conmigo.
Miró por la ventana. El sol brillaba en un cielo azul turquesa, el mar se veía majestuoso, calmo y agradable. El pasto crecía y se podían vislumbrar ya cantidad de florcitas. Había llegado la primavera.
Las olas la invitaban a bajar a la playa y relajarse. ¡Vamos! se dijo a si misma, ya falta menos. Miró el reloj. Menos si, pero aún era demasiado.
El dolor no daba tregua; parecía querer adueñarse de todo su cuerpo. Sería tan feliz se dijo, mirando el agua, si pudiera escapar por la ventana, volar muy alto como las gaviotas, y quedar suspendida en una nube.
Sintió que el dolor comenzaba a bajar por la espalda. Le dolían los brazos también ahora, y no sabía como sostenerlos en alto un poco más. Ya termina, oyó que le decía una voz dentro de su cabeza. No te des por vencida. ¿Era acaso, que debía ver el lado bueno de la situación?  Siempre lo hacía, pero no hoy, ya no. Dolía, y debía luchar contra el dolor, el clima que la invitaba a salir disparando de allí y olvidarse del mundo, la voz en su cabeza que la instaba a seguir soportando, la tentación de bajar los brazos…
De repente lo oyó. Le pareció estar imaginando, pero no era la única que lo había oído, y las personas a su alrededor se lo hicieron saber. Puso punto final y bajó los brazos.
Era la hora. Todo había acabado. Ya está, se dijo. Ya no habría más dolor, más esfuerzo, más sufrimiento…
Se acabó.

Sonrió…había cosas se soportaban a pesar de todo, y le hacían apreciar la vida.

_Hasta mañana chicos. Recuerden hacer los deberes y estudiar las tablas.
_¡Si maestra!_ se oyó repetir a una treintena de niños al unísono _ ¡que te mejores de la contractura!

Corazón

Cosa extraña el corazón de las mujeres. Nos hace sentir que la vida es maravillosa, golpea fuerte cuando el amor nos ronda, y nos devasta cuando se aleja. Empiezo a creer que el corazón de las mujeres no funciona al igual que el de los hombres. Ellas sienten con más intensidad, sufren con más fuerza, aman desesperadamente, y por lo mismo, se entregan incondicionalmente.
No voy a hablar del corazón de los hombres, porque no soy quién para opinar sobre semejante tema, que ni se al día de hoy si cumple las mismas funciones que el nuestro, pero si voy a dedicarme a describir el cómo y el por qué de los sufrimientos y alegrías que sentimos nosotras, las mujeres.

El amor lo es todo para mi, gobierna mi vida, me hace la persona más feliz o la más desdichada criatura del universo. Soy amor, busco el amor y doy amor. No hablo del amor de pareja, porque muchas veces no lo tenemos, pero el amor en sí es la cosa más maravillosa.
Es cierto, a mi me influye mucho, y por lo tanto, he aprendido a sentir amor por la vida. Amo la vida, estar vivo y poder sentir en la caricia del viento la grandeza del mundo. Aún así, basta un pequeño soplo, una diminuta señal, un atisbo, para volver ese maravilloso día en una antesala del infierno. Es que ser tan sensible me lleva a sentir todo demasiado. Uno va por la vida tratando de ver las cosas buenas, de dejar de lado el sufrimiento y festejar lo que tiene, lo que aprecia, lo que busca, pero no puede dejar de ver siempre lo que falta.
¿Por qué? es una pregunta que me ataca a menudo, y a la cual respondo automáticamente con un simple: porque así tenía que ser.
¿Hubiera cambiado algo, de haberme dado cuenta antes? No, no te engañes, eres así, haces las cosas de esta manera y no de aquella, aún sabiendo que podrías hacerlo mejor. ¿Por qué entonces te manejas de forma autodestructiva? ¿No eres una enamorada de la vida?
¡Vamos arriba entonces! No hagas que el mundo te de la espalda, cambia el rumbo de las cosas. Pelea por lo que quieres, pelea contigo misma, porque eres tú el principal escollo a vencer para lograr la felicidad.
Si, es cierto, todo eso uno lo procesa, lo razona, lo analiza…¿lo hacen todos o es que yo soy especial? ¿Soy loca? ¿demasiado sensible? ¿manejo mucho el insight? ¿el insight me maneja a mi?
No lo se, es algo que me sucede desde que tengo memoria, y por ello mismo pasé una etapa en mi vida en la cual no pensaba, o trataba de no pensar en las consecuencias, sino que sentía.
Uno da vueltas y vueltas sobre los mismos temas una y otra vez, se plantea las mismas interrogantes miles de veces, y no siempre llega a tener claro la solución.

El corazón de las mujeres es algo grandioso. Siente por ella, por sus amigos, por su familia, por el mundo todo. No digan que una mujer es fría o insensible, porque no me lo creo. Podemos parecerlo, disimularlo, tratar de serlo; pero siempre nos gana la vida.
Que somos felices cuando encontramos el amor, que somos desdichadas cuando lo perdemos, que sentimos la gloria al procrear, que nos desbasta la pérdida de algún ser querido, etc…todo esto es cierto.
¿Y cuando vemos una película? ¿y cuando aparece un amigo que hace tiempo no veíamos? Las primeras palabras de nuestros hijos, sus tristezas, sus alegrías, todo esto forma parte de nuestros propios sentimientos.

¿Los hombres? Sienten, sufren y gozan también, pero; ¿lo hacen de la misma manera? ¿Por qué se muestran más reacios a demostrar sus sentimientos?
Vivimos en una sociedad machista, dónde se les ha impuesto a los hombres la “tarea” de velar por la familia. Hay que ser bien “macho”, estar preparado para luchar contra la vida… En fin, nos quejamos constantemente de lo que nos hacen o no hacen (supuestamente) los hombres, pero somos nosotras mismas quienes les asignamos ese papel de macho preponderante. ¿Por qué?





martes, 26 de octubre de 2010

Para que escribe uno...

“Para que escribe uno, si no es para curar las heridas”


                                                              1-Escribiendo



Decidió escribir. Para resarcirse, para olvidar, para pagar deudas y para sentirse bien…las palabras son hermosas se dijo, ¿para que sino escribe la gente?

Es cierto, también pueden ser feas, herir, maltratar y destruir, pero ella confiaba en la bondad de las palabras…serían su forma de desahogo. Pero, ¿desahogo de que? si ni ella misma estaba segura de nada ya.

Hacía un tiempo que su vida se había convertido en un verdadero caos: primero su pareja, luego su trabajo y ahora su salud…ya no sabía por donde seguir, donde buscar, qué buscar.

¿De eso se trataba la vida? ¿de una búsqueda incesante? ¿buscar qué? ¿buscar la felicidad?

Pero si yo he sido muy feliz, se dijo, ¿por que éste sentimiento de incompletitud???

Ansia dirían algunos, aburrimiento dirían otros. “Es que tu siempre tuviste todo en la vida, le había dicho Gloria un día, y al encontrarte de cara con el mundo real fue tan grande la frustración que no la supiste manejar. Anda, brindemos a la salud de la frustración!”

Sonrió recordando a su amiga y esas salidas de compinche que realizaban de vez en cuando…ya de cuando en vez.



Escribiría si, pero, por donde empezar???? No era una escritora, y si bien siempre le había gustado componer, desvariar, inventar, no tenía idea de las reglas, fundamentos o convenciones con las que se manejaban los escritores. Escritores de verdad como ella soñaba ser. Debía buscar una historia se dijo, una historia que atrape al lector…personajes, trama, problema, solución, desenlace; muchas cosas le faltaban. Le faltaba todo en realidad, a quién quería engañar? Los libros no se hacían sentándose frente a un cuaderno y tirando palabras sueltas, o si? Claro que no! Los escritores estudiaban, salían a buscar sus ideas, se inspiraban, en fin, cosas de las que ella no tenía idea; y es que Lucía sólo se había sentado un día cualquiera frente a un cuaderno, lápiz en mano dispuesta a lograr sus sueños…



Había buscado por otras partes ya, había estudiado, trabajaba, tenía amigas, en fin, una vida convencional como dirían algunos, pero no estaba feliz. Sentía que algo le faltaba, o le aprisionaba, se sentía como un pájaro al que dejan libre, pero le cortan las alas para que no vuele.

Su trabajo, bueno, que podía decir de su trabajo…Pensó que entre los libros se sentiría bien, e hizo la carrera de bibliotecología al terminar sus estudios medios, pero la verdad era otra. No estaba a gusto con las tareas que realizaba, había soñado con otra cosa, se había imaginado a si misma como una mujer exitosa, trabajando con alegría y entusiasmo, desbordante de energía como supo ser en algún momento, pero no era lo que tenía ahora entre manos.

Que tenía en realidad? Nada!!! se sentía desorientada, inútil, desamparada…y por eso decidió escribir.



Ahora bien, se trataría de una historia de espionaje, aventuras y secretos, como los libros que tanto había amado en su juventud; o mejor aún, un libro de amores y desencuentros, historias felices y finales fallidos, tal y como le había pasado tantas veces en su vida. De eso sí que tenía material para escribir, se dijo con una sonrisa triste.

Había tenido muchas relaciones en su vida, pero sólo dos importantes. La primera cuando era una adolescente, había durado más de diez años, y todavía sentía una punzada en el estómago cuando recordaba su nombre…Alfredo. Todavía le costaba recordarlo sin que se le humedecieran los ojos. Había sido su gran amor, el primero, un gran amigo, o al menos una compañía durante tantos años. Muchas cosas fueron las que vivieron juntos, aventuras de niños, locuras de jóvenes y pasiones de adultos, pero eso ya había quedado atrás. Lucía había decidido dejarlo a un lado, y seguir su camino a solas. Todavía lo quería mucho y lo sentía muy cerca, pero no era lo que completaba sus planes.

¿Cuando había dejado de girar su vida entorno a la de Alfredo? No lo sabía exactamente, ni tampoco como lo había hecho, pero se había marchado, y él la había dejado ir.

No se arrepentía. Si había algo que la vida le había enseñado, era que no servía de nada el arrepentimiento; al menos en estas cuestiones.



La otra historia: muy reciente como para olvidarla y muy dolorosa como para recordarla. Se había atrevido a enamorarse por segunda vez en la vida, ella, que hasta hace un tiempo atrás sospechaba que sólo habría un gran amor en su vida, ella, se había enamorado.

¿Qué pasó? Aún no lo sabía, o a decir verdad, lo sabía pero le dolía aceptarlo. Él había conocido a otra mujer, nada más sencillo ni más peligroso. Volvió a sonreír otra vez, nuevamente con un dejo de amargura. Se había entregado y él la había hecho sentir como una reina. Como nunca nadie antes la había tratado, así había ganado su corazón. Con él podía ser ella misma, vestirse como le parecía, hablar como lo hacía con sus amigos, no necesitaba aparentar, ni esforzarse por gustarle. Él la había conocido así y así la había aceptado, y lo más maravilloso de todo era que la había valorado.

Sería que se confió demasiado? La seguridad le ganó de mano? “A Seguro se lo llevaron preso” le dijo alguien una vez, y ella lo sabía muy bien, lo único seguro era que iba a morir algún día, pero esperaba volver a sentirse de la misma forma que con Lucas alguna otra vez. Y que ésta vez no se fuera con otra!!! sonrió otra vez, pero ahora divertida.

(continuará...)

lunes, 25 de octubre de 2010

Continúa la novela...

2
Procesos

No. No podía ser cierto, no esto. Lucía miraba la boca del médico que continuaba hablando, pero sus oídos ya no lo escuchaban. Su mente viajaba, su cabeza daba vueltas.

Fijó la vista en la planta que adornaba el consultorio, allí en un rincón, ajena a la realidad. Sus hojas de un verde que de repente le pareció extraño, como más vivaz, las vetas amarillas, la luz que en ellas se reflejaba…sintió la savia corriendo por el tallo, llegando hasta la parte más ínfima de la hoja, así como su sangre fluía dentro de su cuerpo.
“…pero con un tratamiento constante y bien planeado lo podemos revertir” _ continuaba hablando el médico_ Señorita Avezza, ¿está usted bien?

Lucía ya no sabía _ ni quería saber_ que era lo que estaba sucediendo. Había ido a una simple consulta de rutina, a levantar los resultados de unos análisis simples (a los médicos todos los análisis les parecían simples), pero se encontraba sentada frente a un hombre que le informaba de algo que no esperaba y no entendía. ¿Enfermedad de la sangre? ¿que era aquello? ¿se podía revertir? ¿tratamiento constante? ¿que significaba aquello que sonaba tan simple?


_Si estoy bien, discúlpeme doctor, es solo que… Nada, no se que decir.
_ No se preocupe Lucía, he visto casos como estos, se pondrá bien, ya verá.


Lucía estaba conmocionada. ¿Y ahora? ¿Qué era lo que venía ahora? ¿Es que su vida, no dejaría de dar vueltas?


Al salir de la clínica caminó sin sentido, cambiando de rumbo una y otra vez, como solía hacer cuando se perdía en sus cavilaciones, cuando había un tema que la preocupaba.

Decidió llamar a Gloria, necesitaba hablar con alguien y no se le ocurría nadie más que su mejor amiga, aunque no estaba segura de que le iba a contar. Ni siquiera ella entendía bien lo que estaba pasando.



Gloria la atendió con poca gana, como lo venía haciendo últimamente. No, no estaba trabajando le dijo. Si, estaba en su casa y podía pasar si quería, la esperaría.


Lucía tomó un taxi, decidió darse ese lujo al menos, y le dio al conductor la dirección de su amiga. En unos minutos estaría allí. Se relajó y cerró los ojos para escuchar la música que sonaba a través de la radio del auto. Extraño, el conductor oía música clásica, algo que no era común en los conductores de taxis… ¡Pero que mal que había estado ese pensamiento! Tal vez por ser así era que le estaban pasando tantas cosas, y la mayoría no eran buenas.

_ “Lo que deberías hacer es consultar con otro médico” le había dicho Gloria. _” ¿Qué es eso de que una va por un simple examen de sangre y le salen con una enfermedad casi que incurable? No Lucía, no conviene quedarse con una sola opinión.

¿Por que no llamas a Damián? ¿Es amigo tuyo, no? Llámalo, coméntale el caso, tal vez el te pueda ayudar. Ya sabes que es muy buen medico, según dicen, no es que yo lo recomiende”. Gloria no sentía mucha simpatía por Damián, pero la verdad era que siempre había sido un buen amigo de Lucía.


Damián era médico, especialista en una de esas ramas que no se oyen nombrar todos los días, pero que de repente surgen como una moda y por todos lados hay un médico famoso por haber hecho esto o aquello para mejorar la ciencia. Medicina (nombre de la especialidad)


Desde que lo había conocido, se sintió muy cómoda con él. Al principio no supo como reaccionar. Damián era un típico play boy, o al menos daba imagen de serlo. Un hombre que compraba a cualquier mujer con tres minutos de conversación, pero no, con ella no podría. No después de todas las mentiras que había escuchado en su vida.


Reconocía que estuvo un tiempo a la defensiva, como esperando el ataque que nunca llegó y por fin pudo relajarse y entablar una relación que había dado lugar a una muy buena amistad en los últimos años.


Lo llamaría. Le explicaría el caso y le pediría su consejo como profesional de la medicina.

Ya en numerosas ocasiones Damián había sabido responder a sus inquietudes, y aunque éstas no estuvieran dentro de su rama de trabajo, Damián era de esas personas comprometidas con su profesión. Estaba segura que buscaría información, analizaría casos parecidos, incluso al mismo médico tratante si era necesario. ¿Pesaría el currículum del médico en la recuperación o no de un enfermo? ¿Es que los médicos no pueden quedar ajenos a los resultados, como lo haría un carpintero si la madrea no estuviese eventualmente bien tratada?


Lo pensó. Claro que no. Ella también era responsable, desde su papel de bibliotecaria, del funcionamiento de un sistema. Si ella se equivocaba en el inventariado, o en la ubicación de los libros, cambiaría el destino de mucha gente. De los que buscaban material al menos.




Continuará...

sábado, 2 de octubre de 2010

Suena el teléfono

Suena el teléfono. Se mueve en la cama. Comienza a tomar conciencia de eses sonido que viene a destruir la calma de un sueño profundo. Ya es de día, se dice, seguro que llegas tarde a trabajar nuevamente. Pero no, es fin de semana y no quiere darse el gusto de despejarse totalmente, es uno de esos pocos, pero milagrosos días, en los que puede seguir durmiendo hasta tarde.
Entre ida y vuelta se descubre pensando cómo hacer para no despertarse. ¡Vamos ya! ¡Si estás despierta hace unos cuantos minutos! ¿Es que no oyes el teléfono?
Cierto, estaba despierta y bien consciente del sonido, pero se resistía a contestar. ¡Quién podía llamar un fin de semana tan temprano? Su madre con seguridad; aunque de un tiempo a esa parte, ya había aprendido a contenerse hasta más entrado el día. No todo el mundo amanecía con el canto del gallo y el sonido de los primeros pájaros.
Decidió abrir los ojos. El teléfono ya no llamaba, pero era inútil buscar el sueño que se escapaba entre los rayos de claridad que entraban por la ventana.
Se incorporó, aún un tanto mareada, se calzó las pantuflas y decidió pasar, camino del baño, a por el teléfono, a ver quién la estaba buscando.
Se lavó la cara y realizó sus rutinas de cuidados matinales. Los años no vienen solos, se dijo, traen consigo experiencia a veces y arrugas, casi siempre.

Camina hasta la entrada, levanta el periódico y lo lleva a la cocina, dónde la espera una taza del más delicioso de los cafés: el del fin de semana. Ese que se saborea sin apuros, con todo el tiempo del mundo, acompañado de tostadas, mantequilla, queso, y todo lo que se encuentre apto en la heladera para ser incluido en un súper desayuno de fin de semana. Ese que se confunde con el almuerzo, ya sea por su opulencia o por la hora en que se realiza.
El periódico, otro elemento que alcanza su esplendor durante los fines de semana. No tanto por su contenido (parecía que las noticias más interesantes sucedían de lunes a viernes, cuando uno hacía una lectura rápida de los titulares, atragantado con el desayuno y las malas noticias) que durante el fin de semana no era más que un mero resumen de la actividad deportiva local, regional, nacional, mundial y hasta del sistema solar; sino porque se podía leer en su totalidad, de atrás para adelante como lo hacía ella, de adelante para atrás como lo hace la gente normalmente, una, dos y hasta 3 veces consecutivas sin apuro alguno, más que la temperatura del café.
Nada, absolutamente nada que augurara que la vida cambiaría para bien de un momento a otro. Llevaba tiempo esperando por un cambio milagroso, toda la vida quizá, pero ya se había dado cuenta hacía tiempo también, que el cambio lo debía provocar ella. Nada llegaría del cielo, era tan difícil que las cosas sucedieran sin una razón, sólo porque si…nada. Debía buscar el cambio. Hacer que las cosas sucedieran. La cadena había comenzado hacía un tiempo. Un proceso lento, doloroso y al principio inconsciente. Era la única dueña de su vida, y no estaba conforme con lo que le tocaba, o lo que ella misma se había forjado en realidad. ¿Qué era eso que estaba viviendo? ¿Un compás de espera hacia qué? Se dio cuenta que estaba estancada en algún lugar de la vida, sin haberlo querido se había quedado ahí varada, esperando que la vida o el destino, le pusiera a los pies algo. Algo que ni ella misma estaba segura de que se trataba. Quizá por eso era que estaba así. Pero eso ya había pasado, quedado atrás. Ahora sabía que era parte del proceso, un paso necesario para lo que vendría. Ya se había dado por enterada, lo había aceptado, y ahora estaba dispuesta a buscar aquello que la haría feliz. Sólo le quedaba saber qué era, pero en eso se hallaba ahora.
El amor, era algo que sabía debía definir de un momento a otro. Ninguna pareja había resultado, de las tantas que había tenido hasta el momento. Estaba claro; ningún hombre era él. Si decidió dejarlo fue porque no estaba de acuerdo con el tipo de hombre que compartía su vida, ¿por qué entonces seguía esperando por alguien que fuese como él? Esto último, también había sido una revelación del proceso en el que se encontraba.
Al principio, pensó que lo mejor sería probar con alguien que no tuviera nada que ver con su ex pareja, alguien que fuera su antítesis, pero con el paso del tiempo se daba cuenta que los hombres que realmente le gustaban, terminaban siendo, en el fondo, parecidos a él…Qué tema, se dijo.

El trabajo también estaba en la agenda de cambio. No se había sentido bien con lo que hacía desde que comenzó su carrera. Si bien durante la época de estudiante, se había sentido cómoda (nunca llegó a convencerla del todo), eso ya se había perdido. Había días en los que se sentía asfixiada; le daban ganas de abrir la ventana y saltar, dirigirse a un lugar cerca del mar, o al campo, donde pudiera sentir el sol y el roce del viento en las mejillas. Necesitaba libertad. Se había criado en un lugar tranquilo, con mucho sol y poca gente. Emigró, como tantos otros, cuando sintió la necesidad de independencia, pero ahora añoraba volver al hogar materno. Parte del proceso también, se dijo. Es ahora cuando la vida, el cuerpo, la situación te pide que decidas dónde deseas continuar tu vida. La nueva vida que comienza…estaba en otra etapa, estaba en la tercera década, y aunque los años nunca se habían hecho sentir, ahora, solitos, le estaban reclamando la “madurez” que no tenía (o no quería enfrentar). Definir los pasos a seguir.
Siempre había sido una vagabunda, caminante, exploradora. Le encantaban las nuevas experiencias y se aburría pronto, de todo.
Volvió a pensar en él, sin querer, como siempre. En la relación que habían compartido durante años, y que no la había aburrido en absoluto. ¿Qué sería de su vida? ¿Estaría casado? ¿Qué hubiera sido de la suya si hubieran seguido adelante?
Se obligó a recordar que las cosas no marchaban como lo había planeado, que una cosa llevó a la otra, y el amor no fue suficiente en el momento crucial. Habían terminado.
Lo mismo el desayuno, ya estaba bien. Se levantó de la mesa, volvió a colocar las cosas en la heladera, lavó la taza, juntó las migas y dobló el diario.
Se daría una ducha e iría hasta la feria de artesanos que distaba unas cuadras de su casa. Nada más lindo y placentero que un paseo al sol, sin nada que pensar ni hacer más que observar los artículos allí expuestos y darle de comer a las palomas.
Camino del dormitorio recordó el teléfono, que la había despertado con su impertinente timbre, hacía más de una hora. Lo buscó, encendió, y se quedó unos minutos incrédula, paralizada mirando la pantalla sin poder creer lo que veía.
¿Qué haría? ¿Devolverle el llamado? Quién menos hubiera pensado, había llamado hoy.
Era su número…



Asombro

¿Por qué la gente, adultos en su mayoría, pierden con el correr de los años la capacidad de asombro? Esa habilidad maravillosa con la que venimos al mundo y que nos hace ser tan especiales y felices.
Al principio, si bien hay corrientes que sostienen que uno nace con todo el conocimiento del mundo en su haber para luego perderlo con el tiempo para volver a aprenderlo, somos inocentes, curiosos, traviesos y juguetones. Algunos seguimos siéndolo ya de mayores, pero son muy pocos los que son capaces de mantener esa virtud, por así llamarla, sin degenerarla.
¿Qué es lo que hace que se pierda eses maravilloso don? o ¿qué es lo que sucede, más maravilloso aún, que hace que las cosas que antes parecían milagros y que causaban asombro, dejen de serlo?
Hoy, sin ir más lejos, le mostré algo a mi madre. ¡Mirá!, le dije, esperando algo que nunca llegó. “¿Qué es?” me preguntó; ¿qué es? respondí, sabedora que mi madre había visto aquello millones de veces. “Una semilla germinada”, me contestó. “¿De qué?”…Importaba acaso de que planta era ese brote, de que semilla provenía, si era de maíz, soja, girasol, o acaso de un simple “yuyito” como le decimos a las plantas que invaden nuestro muy cuidado jardín, pero que no tienen culpa de ser simples plantas nacidas de modo silvestre.
Lo que yo intentaba mostrarle, o hacerle ver, era esa hermosa y maravillosa capacidad de la vida para abrirse paso incluso en los lugares más agrestes  y recónditos, le iba a contar que lo había sacado de una maceta que contenía un gajo de rosa, que luchaba por prender y revivir. Que era apenas una larga raíz hundiéndose en la tierra que no había sido preparada para recibirla, sino para darle vida a un aplanta más “especial” que ella, pero que no había tenido la capacidad de germinar aún. No al menos, cómo lo había hecho ese ser diminuto, que era apenas una línea de vida, un mero puntito entre amarillo y verdoso, desdoblándose hacia la luz del sol. Yo lo había sacado, junto con el resto de las “malas hierbas” para darle lugar a la rosa, no sin antes pedirle perdón por lo que estaba a punto de hacer, y fue ahí, cuando me di cuenta, que era, al igual que esa plantita; especial. Me dolía el alma por estar robándole la vida a aquellas plantas. ¿Quién era yo para hacer aquello? ¿Cómo podía decidir entre la vida y la muerte de un ser? ¿Por qué me costaba tanto limpiar aquella maceta?
¡Me estaba emocionando el simple hecho de limpiar una maceta!
¿Que te pasa Ana? Esto seguro es algo hormonal, me dije, pero no, no era la fecha, ni el entorno, ni el día hermoso que había. Esto tenía que ver conmigo y mi forma de ser.
¿Qué me sucedía? ¿Soy tan inmadura que me asombra el camino que van dejando las hormiguitas, la forma de las nubes, el sonido de la lluvia contra los cristales de la ventana? ¿Es así? Me niego a perder el asombro, a remplazarlo por indiferencia o falsa sabiduría, si esto es necesario para madurar, para ser considerada una persona adulta.
Me encanta observar el vuelo de las mariposas…¿y qué?