Hagamos que las cosas sucedan


Acá estoy, llevando a cabo una loca idea que surgió un día cualquiera al despertar (o una noche cualquiera mientras dormía, vaya uno a saber!), como resultado de un tiempo de reflexión, boludismo, tristezas, alegrías, sorpresas, ocio y trabajo.

Express-ARTE llegó para abrirme la cabeza, como una nueva experiencia, una oportunidad de comunicación, distracción, reflexión y alpedismos ;)

Porque tengo la cabeza llena de pajaritos...



sábado, 2 de octubre de 2010

Asombro

¿Por qué la gente, adultos en su mayoría, pierden con el correr de los años la capacidad de asombro? Esa habilidad maravillosa con la que venimos al mundo y que nos hace ser tan especiales y felices.
Al principio, si bien hay corrientes que sostienen que uno nace con todo el conocimiento del mundo en su haber para luego perderlo con el tiempo para volver a aprenderlo, somos inocentes, curiosos, traviesos y juguetones. Algunos seguimos siéndolo ya de mayores, pero son muy pocos los que son capaces de mantener esa virtud, por así llamarla, sin degenerarla.
¿Qué es lo que hace que se pierda eses maravilloso don? o ¿qué es lo que sucede, más maravilloso aún, que hace que las cosas que antes parecían milagros y que causaban asombro, dejen de serlo?
Hoy, sin ir más lejos, le mostré algo a mi madre. ¡Mirá!, le dije, esperando algo que nunca llegó. “¿Qué es?” me preguntó; ¿qué es? respondí, sabedora que mi madre había visto aquello millones de veces. “Una semilla germinada”, me contestó. “¿De qué?”…Importaba acaso de que planta era ese brote, de que semilla provenía, si era de maíz, soja, girasol, o acaso de un simple “yuyito” como le decimos a las plantas que invaden nuestro muy cuidado jardín, pero que no tienen culpa de ser simples plantas nacidas de modo silvestre.
Lo que yo intentaba mostrarle, o hacerle ver, era esa hermosa y maravillosa capacidad de la vida para abrirse paso incluso en los lugares más agrestes  y recónditos, le iba a contar que lo había sacado de una maceta que contenía un gajo de rosa, que luchaba por prender y revivir. Que era apenas una larga raíz hundiéndose en la tierra que no había sido preparada para recibirla, sino para darle vida a un aplanta más “especial” que ella, pero que no había tenido la capacidad de germinar aún. No al menos, cómo lo había hecho ese ser diminuto, que era apenas una línea de vida, un mero puntito entre amarillo y verdoso, desdoblándose hacia la luz del sol. Yo lo había sacado, junto con el resto de las “malas hierbas” para darle lugar a la rosa, no sin antes pedirle perdón por lo que estaba a punto de hacer, y fue ahí, cuando me di cuenta, que era, al igual que esa plantita; especial. Me dolía el alma por estar robándole la vida a aquellas plantas. ¿Quién era yo para hacer aquello? ¿Cómo podía decidir entre la vida y la muerte de un ser? ¿Por qué me costaba tanto limpiar aquella maceta?
¡Me estaba emocionando el simple hecho de limpiar una maceta!
¿Que te pasa Ana? Esto seguro es algo hormonal, me dije, pero no, no era la fecha, ni el entorno, ni el día hermoso que había. Esto tenía que ver conmigo y mi forma de ser.
¿Qué me sucedía? ¿Soy tan inmadura que me asombra el camino que van dejando las hormiguitas, la forma de las nubes, el sonido de la lluvia contra los cristales de la ventana? ¿Es así? Me niego a perder el asombro, a remplazarlo por indiferencia o falsa sabiduría, si esto es necesario para madurar, para ser considerada una persona adulta.
Me encanta observar el vuelo de las mariposas…¿y qué?

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