Suena el teléfono. Se mueve en la cama. Comienza a tomar conciencia de eses sonido que viene a destruir la calma de un sueño profundo. Ya es de día, se dice, seguro que llegas tarde a trabajar nuevamente. Pero no, es fin de semana y no quiere darse el gusto de despejarse totalmente, es uno de esos pocos, pero milagrosos días, en los que puede seguir durmiendo hasta tarde.
Entre ida y vuelta se descubre pensando cómo hacer para no despertarse. ¡Vamos ya! ¡Si estás despierta hace unos cuantos minutos! ¿Es que no oyes el teléfono?
Cierto, estaba despierta y bien consciente del sonido, pero se resistía a contestar. ¡Quién podía llamar un fin de semana tan temprano? Su madre con seguridad; aunque de un tiempo a esa parte, ya había aprendido a contenerse hasta más entrado el día. No todo el mundo amanecía con el canto del gallo y el sonido de los primeros pájaros.
Decidió abrir los ojos. El teléfono ya no llamaba, pero era inútil buscar el sueño que se escapaba entre los rayos de claridad que entraban por la ventana.
Se incorporó, aún un tanto mareada, se calzó las pantuflas y decidió pasar, camino del baño, a por el teléfono, a ver quién la estaba buscando.
Se lavó la cara y realizó sus rutinas de cuidados matinales. Los años no vienen solos, se dijo, traen consigo experiencia a veces y arrugas, casi siempre.
Camina hasta la entrada, levanta el periódico y lo lleva a la cocina, dónde la espera una taza del más delicioso de los cafés: el del fin de semana. Ese que se saborea sin apuros, con todo el tiempo del mundo, acompañado de tostadas, mantequilla, queso, y todo lo que se encuentre apto en la heladera para ser incluido en un súper desayuno de fin de semana. Ese que se confunde con el almuerzo, ya sea por su opulencia o por la hora en que se realiza.
El periódico, otro elemento que alcanza su esplendor durante los fines de semana. No tanto por su contenido (parecía que las noticias más interesantes sucedían de lunes a viernes, cuando uno hacía una lectura rápida de los titulares, atragantado con el desayuno y las malas noticias) que durante el fin de semana no era más que un mero resumen de la actividad deportiva local, regional, nacional, mundial y hasta del sistema solar; sino porque se podía leer en su totalidad, de atrás para adelante como lo hacía ella, de adelante para atrás como lo hace la gente normalmente, una, dos y hasta 3 veces consecutivas sin apuro alguno, más que la temperatura del café.
Nada, absolutamente nada que augurara que la vida cambiaría para bien de un momento a otro. Llevaba tiempo esperando por un cambio milagroso, toda la vida quizá, pero ya se había dado cuenta hacía tiempo también, que el cambio lo debía provocar ella. Nada llegaría del cielo, era tan difícil que las cosas sucedieran sin una razón, sólo porque si…nada. Debía buscar el cambio. Hacer que las cosas sucedieran. La cadena había comenzado hacía un tiempo. Un proceso lento, doloroso y al principio inconsciente. Era la única dueña de su vida, y no estaba conforme con lo que le tocaba, o lo que ella misma se había forjado en realidad. ¿Qué era eso que estaba viviendo? ¿Un compás de espera hacia qué? Se dio cuenta que estaba estancada en algún lugar de la vida, sin haberlo querido se había quedado ahí varada, esperando que la vida o el destino, le pusiera a los pies algo. Algo que ni ella misma estaba segura de que se trataba. Quizá por eso era que estaba así. Pero eso ya había pasado, quedado atrás. Ahora sabía que era parte del proceso, un paso necesario para lo que vendría. Ya se había dado por enterada, lo había aceptado, y ahora estaba dispuesta a buscar aquello que la haría feliz. Sólo le quedaba saber qué era, pero en eso se hallaba ahora.
El amor, era algo que sabía debía definir de un momento a otro. Ninguna pareja había resultado, de las tantas que había tenido hasta el momento. Estaba claro; ningún hombre era él. Si decidió dejarlo fue porque no estaba de acuerdo con el tipo de hombre que compartía su vida, ¿por qué entonces seguía esperando por alguien que fuese como él? Esto último, también había sido una revelación del proceso en el que se encontraba.
Al principio, pensó que lo mejor sería probar con alguien que no tuviera nada que ver con su ex pareja, alguien que fuera su antítesis, pero con el paso del tiempo se daba cuenta que los hombres que realmente le gustaban, terminaban siendo, en el fondo, parecidos a él…Qué tema, se dijo.
El trabajo también estaba en la agenda de cambio. No se había sentido bien con lo que hacía desde que comenzó su carrera. Si bien durante la época de estudiante, se había sentido cómoda (nunca llegó a convencerla del todo), eso ya se había perdido. Había días en los que se sentía asfixiada; le daban ganas de abrir la ventana y saltar, dirigirse a un lugar cerca del mar, o al campo, donde pudiera sentir el sol y el roce del viento en las mejillas. Necesitaba libertad. Se había criado en un lugar tranquilo, con mucho sol y poca gente. Emigró, como tantos otros, cuando sintió la necesidad de independencia, pero ahora añoraba volver al hogar materno. Parte del proceso también, se dijo. Es ahora cuando la vida, el cuerpo, la situación te pide que decidas dónde deseas continuar tu vida. La nueva vida que comienza…estaba en otra etapa, estaba en la tercera década, y aunque los años nunca se habían hecho sentir, ahora, solitos, le estaban reclamando la “madurez” que no tenía (o no quería enfrentar). Definir los pasos a seguir.
Siempre había sido una vagabunda, caminante, exploradora. Le encantaban las nuevas experiencias y se aburría pronto, de todo.
Volvió a pensar en él, sin querer, como siempre. En la relación que habían compartido durante años, y que no la había aburrido en absoluto. ¿Qué sería de su vida? ¿Estaría casado? ¿Qué hubiera sido de la suya si hubieran seguido adelante?
Se obligó a recordar que las cosas no marchaban como lo había planeado, que una cosa llevó a la otra, y el amor no fue suficiente en el momento crucial. Habían terminado.
Lo mismo el desayuno, ya estaba bien. Se levantó de la mesa, volvió a colocar las cosas en la heladera, lavó la taza, juntó las migas y dobló el diario.
Se daría una ducha e iría hasta la feria de artesanos que distaba unas cuadras de su casa. Nada más lindo y placentero que un paseo al sol, sin nada que pensar ni hacer más que observar los artículos allí expuestos y darle de comer a las palomas.
Camino del dormitorio recordó el teléfono, que la había despertado con su impertinente timbre, hacía más de una hora. Lo buscó, encendió, y se quedó unos minutos incrédula, paralizada mirando la pantalla sin poder creer lo que veía.
¿Qué haría? ¿Devolverle el llamado? Quién menos hubiera pensado, había llamado hoy.
Era su número…
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